lunes, 15 de febrero de 2021

Mis zapatos y mis miedos

En mi niñez yo me sentía muy importante cuando mi papá me llevaba a un lugar llamado La Cooperativa de la Fuerza Armada. En una ocasión fuimos para comprarnos zapatos a mis hermanos y a mí. Yo elegí unos loafers deportivos marca OP (Ocean Pacific).


Recuerdo que llegamos a la casa y sentí que un zapato me quedaba más flojo que el otro; descubrimos que me habían entregado una caja con dos zapatos de tallas diferentes. Mi papá me dijo que los llevaría a cambiar y yo con mi mente de niña no quise. Estoy segura que lo único que produjo esa decisión era mi miedo a ya no tener los zapatos que me encantaban. Mi pensamiento infantil era que quizás no hallarían el otro zapato de mi talla y tendríamos que devolverlos o cambiarlos; y por supuesto yo no quería que eso ocurriera.


No sé por qué Dios me recordó ese incidente, quizás para mostrarme que desde hace muchos años he tenido luchas en esta área y que debo aprender a confiar. Constantemente me comporto como esa niña: aferrada a lo que Su papá le dio y con miedo a desprenderse de ello; porque duda de que Él va a cumplir o proveer lo suficiente y a tiempo.

Pensaba: ¿me quedé con un zapato que me tallaba grande solo porque no quería perderlo? ¿será que mi papá hubiese vuelto con el número adecuado o con un estilo mejor? ¡No lo sé! ¡Y nunca voy a saberlo! Pues tuve miedo de confiar en que su intención no era dejarme sin zapatos, sino, traer algo adecuado.


Ya siendo adulta sigo luchando: ¿y si Dios no provee? ¿y si no me alcanza? ¿y si se cierra esta fuente de ingreso? ¿y si pierdo esto o aquello? ¿y si envejezco pagando deudas? ¿esto va a durar para siempre? 


¡Qué injusta soy! El Señor jamás me ha fallado. No tengo porqué cerrar mi mano para retener con miedo lo que tengo hoy, pues Él también me dará para mañana (Mateo 6:34). Olvido con facilidad Quién es Él, olvido que es Su naturaleza ser fiel (Deuteronomio 7:9) y que Su carácter no le permite echarse para atrás, hacerse el desentendido o "quitarme" lo que tengo. Él es un Padre Bueno (Mateo 7:11) y responsable, Él sigue cumpliendo promesas, Él no cambia (Hebreos 13:8).


Recuerdo que una vez escuché a un pastor de mi iglesia decir que si el Señor planeara llevarme al cielo mañana en la noche, Él se ocupará de darme el desayuno y el almuerzo de ese día, porque va a cuidar de mí hasta el último instante que esté en esta tierra. 


Así que, aunque todo lo que mis ojos vean hoy sean pérdidas materiales, números rojos y facturas apiladas, puedo seguir confiando. Mi Papá suplirá (Filipenses 4:19), Él está a cargo de mí (Salmo 56:9), Él tiene infinitamente más de lo que había en esa Cooperativa a la que mi papá me llevaba, Sus promesas siguen vigentes (Salmo 34:9-10, 37:19) y la bondad más grande que pude recibir de Él, ya la tengo (Efesios 1:5). Él es todo suficiente (Salmo 23:1).



"Ellos nunca sufrirán cuando lleguen los malos momentos, y siempre tendrán comida en tiempos de escasez" Salmo 37:19 PDT


"Porque Él mismo ha dicho: Nunca te dejaré ni te desampararé" Hebreos 13:5

martes, 29 de diciembre de 2020

Oración para cerrar el 2020

Señor:


Recuerdo la oración que mi familia hizo en la sala de mi casa a la medianoche del 31 de diciembre del año 2019. Una de las cosas que más te pedimos fue que no nos probaras en la salud. Ahora que lo pienso, nos respondiste. 


Gracias por Tu fidelidad a lo largo de este año. Gracias por demostrarnos una vez más que Tus promesas son Verdad (Salmo 89:34).


Gracias por la pandemia, porque de no ocurrir, muchos no hubiéramos doblado nuestras rodillas ni rendido nuestra voluntad a Ti, de la forma que lo hicimos.


Gracias por aislarnos y poner una pausa obligada a la vida tan poco piadosa que llevábamos. Gracias por llamar nuestra atención para que dejáramos nuestras rutinas que normalmente no te incluían o te incluían muy poco.


Gracias por recordarnos que eres Soberano (Daniel 4:35). Muchos conocíamos ese atributo Tuyo de forma básica, pero este año nos ha quedado claro que eres el que decide y decreta (Salmo 115:3). Que no hay gobierno humano ni ciencia ni poder económico que pueda cambiar lo que Tú determinas.

Gracias porque sigues sentado en el trono y nada de esto te tomó por sorpresa (Isaías 46:10). Gracias por conocer el final desde el principio y no mover ni un ápice Tu plan. Gracias porque eres el que gobierna (Daniel 4:26) y por reducir nuestro ego enseñándonos cuanta pecaminosidad había en aquello que llamábamos nuestros planes. Perdónanos por la soberbia de trazar nuestros días como dueños de ellos, olvidando que el Único dueño eres Tú (Proverbios 16:9).


Gracias por llamarnos al arrepentimiento y la revisión obligada de nuestros estilos de vida (Isaías 1:18). Gracias por sacudir nuestras prioridades, las cuales debemos admitir, no estaban en el orden correcto.


Gracias por convocarnos a volver nuestros corazones a Tu Palabra y mostrarnos que sin ella nuestras almas se desgastarían (Salmo 119:25 y 28). Gracias por enseñarme que sin ella, hubiese sido imposible sobrellevar estos largos meses.


Gracias por volver a mostrarnos que el ministerio más importante que podemos-y debemos- tener es nuestra familia. Ayúdanos a tener familias que te honren y te hagan verdadero Señor de ellas.


Gracias por quitar de nuestra vida muchas banalidades que habíamos dejado filtrarse y desviaban nuestros ojos de lo que verdaderamente importa y te agrada.


Gracias por llevarnos a considerar de nuevo la perspectiva de la eternidad (Filipenses 3:20). Gracias por recordarnos que lo que este mundo tiene es pasajero y que hay una realidad mayor, trascendente y poderosa, y es desde esa perspectiva que debemos vivir. Que nuestros corazones anhelen esa realidad más que lo que anhelan lo que hay en este mundo caído.


Gracias por el dolor que este año ha traído, pues a través de él hemos recordado que solo somos humanos incapaces de sanarse a sí mismos y que necesitamos desesperadamente el Consuelo que solo Tú ofreces.


Gracias porque te hemos conocido más a través del desierto y nos has enseñado a depender más de Ti y no de nuestro propio entendimiento (Proverbios 3:5).


Gracias por ponernos en una situación ante la cual somos impotentes y limitar nuestro margen de maniobra, para mostrarnos que aquí el Omnipotente (Job 42:1-2) y el que tiene la última palabra eres Tú (Isaías 14:27).


Gracias por la incertidumbre con la que estamos viviendo, pues eso enseña a nuestra alma a buscar a Aquel que es Inmutable (Malaquías 3:6) y nuestra Roca de seguridad (Salmo 18:31). Gracias porque la única certeza que tenemos eres Tú.


Gracias porque no solo conoces lo que pasará en el 2021, sino también porque Tú diseñaste el 2021. Por lo tanto, podemos anclarnos con confianza en Quién eres Tú y en Tu Palabra (Salmo 19:9, Mateo 24:35). Gracias porque Tu diestra seguirá sosteniéndonos y Tu buen propósito se cumplirá en nosotros (Salmo 138:8).


Gracias porque eres el mismo ayer, y hoy, y por los siglos (Hebreos 13:8). Eres nuestro Padre Eterno (Isaías 9:6) en el cual no hay mudanza ni sombra de variación (Santiago 1:17) y lo único que necesitamos para iniciar un nuevo año, ya lo tenemos en Ti.


Sea lo que sea que has establecido para nosotros en los próximos doce meses, confiamos en Ti. Amén.


miércoles, 23 de diciembre de 2020

Al que sufre en Navidad

Pudiera enumerar todo lo que salió mal para mí y para mi familia en este año 2020. Pero Dios se ha encargado de poner frente a mis narices las realidades de otras personas cuyo dolor o pérdida superan con creces los míos.


Quisiera que, con recitar algunos versículos bíblicos o decir palabras que luzcan apropiadas, el pesar se vaya. Pero sé que no tengo el poder ni las habilidades para sanar la herida de alguno; mas conozco a Uno que puede sanar, acompañar y crear esplendor donde por ahora solo existe ceniza (Isaías 61:3).


No puedo sacar de mi mente a aquellos que tendrán una silla vacía en sus mesas en la cena de Nochebuena; no dejo de pensar en las video llamadas que no se van realizar, los números telefónicos que no se van a marcar, los mensajes que no se enviarán, los regalos que no se entregarán, las recetas que no se cocinarán, los abrazos que no podremos dar, las risas que no podremos escuchar, las manos que no se podrán sostener, los nietos que preguntarán por sus abuelos y todas las oraciones que no se podrán hacer.


Este año ha dolido, lo sé; por momentos ha parecido que la pesadilla nunca va a acabar y que nuestras fuerzas sí lo harán. Hay mucha gente viviendo alguna clase de duelo, pero supongo que al mismo tiempo, no hay una mejor época para recordar todas aquellas promesas que Aquel bebé nacido en Belén materializó (Lucas 1:72-73) al humillarse y nacer en un cuerpo caído como el nuestro.


Hay una razón para seguir teniendo Esperanza: Él. 


Cristo, que experimentó toda clase de dolor y sufrimiento (Isaías 53:3) sabe y entiende lo que tu corazón siente hoy. Él lee cada pensamiento que no te has atrevido a decir en voz alta y guarda cada lágrima que ha salido de tus ojos en público y en privado (Salmo 56:8). Aunque te parece que no, ha escuchado cada pregunta y Su oído no ha dejado de estar atento a tus oraciones (Salmo 34:15).


Este es un buen momento para que acompañemos a aquellos que sufren. Oremos por y con ellos, recordémosles esas promesas que sostienen nuestra fe, hagamos saber que pueden contar con nosotros y estemos allí si ellos lo solicitan. No prediquemos, no teologicemos, no sermoneemos. Tan solo acompañemos, aun con la distancia que esta pandemia nos ha impuesto.


Mientras quisieras saltarte estas fechas especiales, quiero que sepas que el Dios de toda consolación (2 Corintios 1:3) sigue presente y que Sus manos saben sanar y consolar como una madre (Isaías 66:13) y Él nunca ignora tu tristeza. Ve a Él como estés, háblale de la forma que sabes hacerlo y pídele que te "vuelva a dar vida" y "vuelva a consolarte" (Salmo 71:20-21). 


Una cosa más: el dolor que no se va es un recordatorio de que este mundo no es nuestro final. Siempre estaremos insatisfechos y expuestos al sufrimiento de este lado del cielo. Pero hay algo más, hay una eternidad que Él diseñó para que experimentemos Su gloria y perfección de forma plena. Y no pudiéramos aguardar a esa eternidad si Él no hubiese venido para pagar el precio de llevarnos allá.


Oro para que durante estas fiestas sientas la presencia cercana del Señor en medio de tu dolor y tristeza, tal y como lo ha prometido (Salmo 34:17-18).



"Destruirá a la muerte para siempre; y enjugará Jehová el Señor toda lágrima de todos los rostros; y quitará la afrenta de su pueblo de toda la tierra; porque Jehová lo ha dicho" Isaías 25:8


"Aunque me has hecho ver muchas desgracias y aflicciones, me harás vivir de nuevo; me levantarás de lo profundo de la tierra...y volverás a consolarme" Salmo 71:20-21

sábado, 12 de diciembre de 2020

Gracia en el pozo

El sol refulgía en su máximo esplendor. No era la hora más conveniente para ir a traer agua y caminar con algo pesado que te agotara más. Pero era la hora más segura para no encontrarte con miradas acusadoras, murmuraciones o gente que cambiara de camino para no tenerte cerca.


Si hubiesen existido las redes sociales en ese momento, quizás muy pocas mujeres la hubieran querido tener entre sus contactos y además, supervisarían constantemente que sus maridos tampoco lo hicieran. Tal vez, hasta le hubiesen creado un hashtag #laquitamaridos #larompehogares o algo por el estilo. 


Él no necesitaba de una red social para conocerla o enterarse de su vida. Él ya la conocía, Él sabía todo de ella. Él orquestó todo para propiciar un encuentro a solas; uno que cambiaría su vida para siempre y la de otros también.


Ella hablaba como alguien que creía en lo que sus padres le habían enseñado. Quiso recordarle a ese judío que estaban a la espera del Mesías. Cualquiera podía pensar que una mujer que estaba a la expectativa de un Cristo, no tenía nada que ocultar.


Él sabía que ella necesitaba ser transformada. Su pecado no lo alejó. Fue y la buscó. 

Él, a diferencia de los habitantes de esa ciudad, conocía que había una necesidad profunda en su alma que había querido satisfacer muchas veces; y también sabía que cada intento había fracasado llevándola al estatus que ahora tenía.


Ella lo ignoraba, pero su alma estaba a punto de ser satisfecha, de una vez y para siempre. Cualquiera que aceptaba el ofrecimiento del judío era saciado y dejaba de buscar un algo más, para conocer la libertad.


Él hizo preguntas directas y quien no Le conociera, podía pensar que fue severo. Pero no, Él solamente preparaba el corazón de ella para mostrarle cuán vacía estaba su vida y cuanta necesidad tenía de Él.


Él la amaba y por eso confrontó su pecado. El secreto a voces parecía seguir costándole caro. Sin embargo, esta vez era diferente. Ella no lo negó, no pretendió delante de Él. Fue quedándole claro que Él no estaba allí para echarle en cara su vida desordenada. Él había llegado para salvarla.


Cuando la gente le daba miradas de condenación; Él la miró con amor.

Cuando las mujeres cambiaban de camino para no encontrarse con ella; Él la esperó en el pozo.

Cuando sus vecinos murmuraban y no le dirigían la palabra; Él quiso hablarle.

Cuando los hombres la irrespetaban por su fama; Él llegó para redimirla.

Cuando parecía que ella no valía nada; Él la usó para anunciar las Buenas Nuevas a los habitantes de su ciudad (Juan 4:39).


La sed de toda mujer por ser amada, la misma que la había llevado a buscar saciarse en cisternas rotas, hoy había cambiado. Y es que ella no podía seguir siendo igual después de ese encuentro. 

Cada vez que fuera con su cántaro a ese sitio, recordaría que ya había recibido el Agua de Vida. Ese pozo ya no simbolizaba una tradición religiosa; ese pozo ahora representaba la profunda Gracia en la que fue sumergida y la cambió para siempre.


"Mucha gente que vivía en ese pueblo de Samaria creyó en Jesús, porque la mujer les había dicho: Él sabe todo lo que he hecho en la vida. Por eso, cuando la gente del pueblo llegó a donde estaba Jesús, le rogó que se quedara con ellos. Él se quedó allí dos días, y muchas otras personas creyeron al oír lo que Él decía. La gente le dijo a la mujer: Ahora creemos, no por lo que tú nos dijiste, sino porque nosotros mismos lo hemos oído, y sabemos que en verdad Él es el Salvador de mundo" Juan 4:39-42

miércoles, 2 de diciembre de 2020

¡Cuidado con las películas navideñas!

Hallmark Channel y Studio Universal son expertas en producir películas navideñas con tramas que te atrapan rápido. En las últimas semanas Netflix me recomienda varias también.


Al analizar un poquito las historias, casi todas suelen tratarse de perfectas historias de amor, de mujeres que dejan sus rutinarias vidas y se dejan llevar por sus corazonadas, de protagonistas que chocan de casualidad con la pareja perfecta y se enamoran en tres días, de personas que buscan esperanza en la época más linda del año y bueno, ustedes ya saben.


Es bien fácil que esas tramas te atrapen y te hagan soñar un poco y hasta llegar a creer, aunque no lo admitas, que eso también te puede pasar a ti. ¡Vamos! Necesitamos olvidar un poco lo que hemos vivido este año.

Pero, ¡cuidado! No alimentemos nuestro espíritu con ideas falsas de lo que la Navidad es ni de la perfección de las festividades. En medio de nuestras imperfectas vidas y de la ausencia de esa falsa magia que nos venden en la pantalla, podemos tener esperanza.


Aun cuando nuestras familias no están juntas

Aun si hay escasez económica

Aun cuando haya dolor en nuestro corazón

Aun si el futuro es incierto

Aun cuando tengamos que celebrar en medio de una pandemia

Aun si el Señor parece guardar silencio


Él es nuestra razón para celebrar. Y ninguna de esas películas te habla de ello.


No esperemos a tener un ascenso, las deudas canceladas, los matrimonios perfectos, a esa persona cambiada, el trabajo ideal, la pareja de nuestros sueños o la vejez asegurada.


Celebremos tenerlo a Él y a Su gracia. Dejemos de buscar motivos en otro lado, Él es nuestro motivo. 


Aun cuando estés solo en una mesa cenando y no recibas un regalo de nadie, nuestro Dios es todo lo que necesitas para que estas fechas tengan sentido.


No busques esperanza en fuentes temporales, ve a la fuente de Esperanza verdadera.


"Guíame y enséñame tu Verdad, porque Tú eres mi Dios y Salvador, y en ti pongo siempre toda mi esperanza" Salmo 25:5 PDT


"Yo esperaré en el Señor, que está escondiendo su rostro del pueblo de Jacob. Tengo puestas mis esperanzas en Él" Isaías 8:17 PDT

sábado, 21 de noviembre de 2020

Pandemia: Inventario de Pérdidas

Me encanta el libro de Job. Lo he leído varias veces en mi vida, sobre todo en temporadas de mucho dolor y prueba. Durante esta pandemia volví a leerlo. He oído a líderes cristianos decir que Dios nos va a restaurar y restituir lo que perdimos -al doble-tal y como hizo con Job (42:10); y eso me ha inspirado y alentado.


Sin embargo, ahora creo que no siempre pasará así. Hay pérdidas que fueron permitidas por el Señor y que nunca serán restituidas, al menos, no de la forma literal que esperamos.


Esta pandemia nos produjo pérdidas a todos; de todo tipo y duración. Algunas han sido temporales: reducción del salario por unos meses, cierre momentáneo de un negocio, lejanía de gente que queremos; por mencionar algunas. Pero también han habido pérdidas permanentes: seres amados que murieron, amigos que emigraron y de los cuales no pudimos despedirnos, bienes materiales que se perdieron y sueños que tuvimos que dejar ir.


Hace unos días me sentía triste y desanimada y no sabía del todo porqué. Fue después de como tres días que el Señor me hizo sentir que podía hacer duelo con libertad por cualquier cosa tangible o intangible que lamentara haber perdido o que extrañaba. Decidí hacer un inventario de algunas de ellas y mientras escribía, empecé a llorar como niña; y fue cuando entendí que la voz del Espíritu Santo me había guiado. Él, que me conoce mejor y que sabe desenredar las emociones "entelarañadas" con las que vivo, sabía que necesitaba entregar mi duelo.


- Me entristece muchísimo haber terminado el año escolar sin poder ver y abrazar a mis estudiantes.

- Me duele no poder hacer planes de pasar la Navidad con toda mi familia.

- Extraño escribir un mensaje a alguna amiga cercana para ir por un café y ponernos al día con nuestras vidas.

- Extraño abrazar y besar a mis sobrinos sin temor.

- Extraño ir al parque al que solía ir a caminar.

- No me gusta ir a mi iglesia y sentir todo tan impersonal, sin poder acercarme para orar o conversar con alguien.

- Lamento que el campus en el que estaba sirviendo y que estaba dando muestras de crecimiento, no pueda reabrirse.

- Me frustra haber tenido que ajustar drásticamente el presupuesto familiar, por las consecuencias económicas que esta crisis ha generado.

- He hecho duelo por mi proyecto soñado (https://destellos7.blogspot.com/2020/07/cuarentena-parte-5-suenos-y-planes-rotos.html)


Éstas son solo algunas cosas que escribí en mi lista.


He empezado a aceptar que muchas cosas no volverán a ser como eran antes, aun cuando la pandemia termine. Dios no me ha garantizado que recibiré de nuevo todo lo que perdí. Y no quiero buscarle solo porque quiero que me devuelva lo que ya no tengo.


Más bien, quiero renovar mi fe y confiar en que aún cuando este año ha sido tan duro, Él es bueno y solo hace cosas buenas (Salmo 119:68). Aún cuando no reciba todo el tiempo, el dinero, las relaciones y los eventos que perdí; quiero seguir descansado en Su Providencia y dejar que sea mi porción (Salmo 73:26, Salmo 119:57, Lamentaciones 3:24), mi herencia (Salmo 16:5) y mi sustento (Salmo 55:22).


Sé que en Él siempre tendré esperanza (Romanos 15:13, Salmo 71:5); pero también sé que no todo será restaurado o renovado en esta vida. A pesar de ello, puedo seguir confiándole mi futuro incierto, mis preguntas sin respuesta, mis visiones nubladas, mis pedazos de sueños, mis metas frustradas, mis renuncias obligadas y mis manos que quedaron sin mucho que retener.


Traigamos el luto de nuestra alma a Sus pies y dejemos que nuestro Dueño y Creador nos consuele.


"Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo." Romanos 15:13 RVR60


"Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; he puesto en Jehová el Señor mi esperanza, para contar todas tus obras" Salmo 73:28 RVR60

lunes, 28 de septiembre de 2020

Resistiendo al llamado de Dios

En el 2018 estuve desempleada. Hice una búsqueda intensiva para encontrar un trabajo. Por la gracia de Dios, tengo dos títulos académicos y decidí que quería trabajar en algo más relacionado con mi carrera de Administración de Empresas; después de haber pasado años en el área educativa.

Perdí la cuenta del número de entrevistas a las que fui, las plazas a las que apliqué y las razones que me di a mí misma y a otros para buscar espacio en esa área laboral.


Después de varios meses de frustraciones, Dios me hizo entender que estaba buscando mal, que debía escudriñar cuál era mi verdadera pasión y mi llamado; y que hacia allí debía encaminarme. No fue fácil, me resistía; me atraía ser exitosa en una corporación muy importante, tener nuevas metas y hasta quería vestirme de forma diferente para ir al trabajo.


Pero con dolor de por medio, reconocí cuál era la voluntad del Señor para mí y Él se encargó de mover las piezas y ajustar las circunstancias y volví a hacer lo que Él quiere: enseñar. Tuve la oportunidad de estar de nuevo en las aulas, cercana a los niños, dándome cuenta de primera mano de sus dificultades y solo puedo decir que lo amé. Muchas mañanas sentada en un escritorio, con montones de tareas y libros que revisar, Dios me recordaba cuál era Su propósito para esta temporada de mi vida. Cuando alguno de los chicos me compartía sus necesidades o problemas muy serios en casa, el Espíritu Santo parecía hablarme y decirme: para esto te traje de regreso a enseñar.


Hoy en día, mientras la labor educativa enfrenta muchísimos desafíos, sigo pensando que el Señor ha querido tenerme haciendo esto. Y nuevamente, cuando mi corazón quiere desviarse a perseguir otros logros, Él me recuerda aquella temporada en la que me sentí a la deriva, cuando forcejeé y puse resistencia, queriendo usar mis habilidades para algo distinto a lo que Él diseñó para mí.

Por eso, si actualmente estás luchando con decidir el rumbo que tu vida debe tomar, te invito a hacer algo de esto:


1. Ir con honestidad en oración y consultar con Dios si estás yendo en la dirección correcta o si estás encaminando todos tus dones y tus talentos hacia el lugar que Él sueña para ti (Salmo 32:8, Proverbios 16:1). No esperes recibir una respuesta inmediata, en ocasiones es necesario orar por algún tiempo esta petición hasta que el Señor transforma nuestro corazón y nos persuade a seguir lo que Él desea.


2. Analiza en oración y a la luz de la Palabra qué motivaciones hay detrás de esos cambios que quieres traer a tu vida (Salmo 19:12): ¿te sientes atrapado en una rutina? ¿quieres ganar más dinero? ¿quieres reconocimiento o estatus? ¿no te quieres sentir estancado al compararte con tus contemporáneos? ¿es tu ego el que necesita ir a "otro nivel"?


3. Considera conversar con un líder maduro que te conozca lo suficiente como para decirte la verdad, aunque eso te incomode. En mi caso, Dios usó a un par de personas para llamar mi atención y cuestionarme sobre lo que deseaba versus lo que el Señor me había llamado a hacer.


4. Responde: ¿Qué te apasiona? ¿Qué es aquello que puedes pasar haciendo por horas y no te pesa hacerlo? ¿Qué disfrutas hacer? ¿Qué conmueve tu corazón y te hace querer ayudar? ¿Qué grupo de personas (niños, ancianos, mujeres maltratadas, madres solteras, viudas, personas con discapacidad, etc.) produce una carga en tu vida? ¿Para qué eres bueno (dones y talentos)? 

Te pido que respondas esto, pues son preguntas clave que pueden ayudarte a identificar si estás haciendo lo que Dios te ha llamado a hacer, o si es necesario dirigirte en otra dirección.


5. Asegúrate de tener paz. En mi experiencia y la de otras personas cercanas a mí; que han tomado decisiones temerarias por seguir el llamado de Dios a sus vidas; puedo comprobar que cuando te decides por lo mismo que el Señor desea, llega Su paz. Es inexplicable, pero aún cuando ganes menos salario, aún cuando renuncies a un título, aún cuando parece que te degradas o renuncias a tu felicidad, tu alma tiene paz al saberse dentro de la misma voluntad del Señor.


6. De ser necesario, pide a una o dos personas de tu entera confianza que oren por ti en ese proceso.


Siempre he temido envejecer y ver hacia atrás en mi vida y descubrir que desperdicié mis años haciendo algo diferente a lo que Dios quería. Pero ese año de desierto fue usado por el Señor para afirmar mi llamado y reiterar mi compromiso a servirle en lo que hago; ya sea detrás de un escritorio, calificando exámenes, grabando video clases, contando historias para los niños de la iglesia, animando a otros docentes, escribiendo notas a los padres o simplemente escuchando las ocurrencias de los chicos. Hoy por hoy, es lo que mi Dios me ha llamado a hacer/ser y la certeza de que estoy obedeciéndole supera cualquiera de mis dudas.


Antes de tomar un rumbo diferente, por favor, asegúrate de que es lo que tu Padre Celestial quiere.


"Podemos hacer nuestros propios planes, pero la respuesta correcta viene del Señor. La gente puede considerarse pura según su propia opinión, pero el Señor examina sus intenciones. Pon todo lo que hagas en manos del Señor, y tus planes tendrán éxito" Proverbios 16:1-3 NTV