lunes, 14 de octubre de 2013

"Miss: Deme La Última Oportunidad"

Un día reciente, en los últimos minutos de la jornada, fueron llevados a mi oficina dos chicos de primer grado. Ambos venían llorando, ambos hablaban al mismo tiempo, ambos querían explicar qué pasó. Pero cada uno contaba cosas un poco diferentes. Al final, con un testigo de por medio, se confirmó la versión de uno de los chicos, el agredido. El agresor, seguía llorando y poco a poco fue admitiendo las mentiras que había dicho. 

Conversé por unos minutos con el chico. Él lloraba cada vez más y me dio, sin exagerar, 20 razones por las cuales yo no debería sancionarlo: que su mamá es muy enojada, que el otro chico tenía la culpa por atravesar su estómago mientras él decidió tirar una "patada voladora" (esa fue mi favorita!!), que su mamá le dejaba muy marcado el cincho cuando le pegaba, que su papá ya no iba a jugar con él, que lo sacarían a la calle, que lo llevarían a la parada de buses a pedir, que ya no iba a venir al colegio, etc, etc. 

Debo confesar que tuve ganas de reírme de todo lo que me decía tan rápido y sin parar de llorar. Al mismo tiempo, por un momento me conmovió tanto cuando me decía con carita del gatito de Shrek "le prometo que es última vez que lo voy a hacer, es mi última oportunidad". La verdad es que no pude asignarle una sanción inmediatamente porque ya era la hora de salida del colegio y él debía irse. Le dije que le informaría de la sanción al día siguiente.


Luego, me quedé pensando en el incidente. Traté de ser justa y pensar con objetividad en los hechos. Y aunque me duela reconocerlo, mi trabajo es apegarme a las reglas del colegio y hacer que se cumplan, y en este caso, el chico en cuestión ya tiene cierto número de faltas acumuladas, por lo que debo aplicar la sanción al nivel de la falta recurrente cometida. Tengo claro que es por su bien que debo corregirlo, también debo proteger a los demás chicos para que no sean agredidos, se debe sentar un precedente para que los demás vean que este tipo de cosas son graves y que nuestras malas acciones/decisiones traen consecuencias.

Supongo que Dios es igual con nosotros, ¿verdad?. Es decir, Él es Dios, es Su naturaleza ser Justo. Si bien es cierto que nos ama con un amor inigualable, también no hay que olvidar que Él no puede pasar por alto el pecado. ¿Pero saben cuál es la buena noticia? Con Él las oportunidades son miles, si no es que millones. 

En mi colegio, hay un reglamento que establece el máximo de faltas que un estudiante puede cometer, y una vez se llega a ese número, la decisión es fría y automática: ¡Adiós! Pero con Dios no es así, la Biblia dice que cada mañana la cuota de Sus misericordias se renuevan. Es como tener la plena seguridad que tu teléfono va a ser recargado con saldo cada mañana. No tienes que tener insomnio pensando en que el saldo se te terminó, te vas a dormir tranquilo cada noche porque sabes que a la mañana siguiente el saldo habrá sido puesto en tu teléfono de nuevo, y nunca falta.

Este chico de primer grado recibió la consecuencia por su conducta, ¡pero no me odien!, seguirá en el colegio sólo que con ciertas condiciones. Él y sus padres están agradecidos porque se le permitió continuar. Y yo estoy agradecida con Dios porque Él también me permite continuar y no lleva recuento de mis faltas. 

¿Crees que ya te acabaste las oportunidades con Dios? No lo creo. No es lo que la Biblia dice. Puedes acercarte y hacer uso de las oportunidades que hay en reserva para ti. Sólo pídela.

"El amor del Señor no tienen fin, ni se han agotado sus bondades. Cada mañana se renuevan; ¡qué grande es su fidelidad! Y me digo: ¡El Señor lo es todo para mí; por eso en Él confío!" Lamentaciones 3:22-24 (DHH)

sábado, 5 de octubre de 2013

¿Cuántos Kilómetros Has Corrido En Tu Vida?

El domingo anterior participé en una carrera. Si, aunque no lo crean me he vuelto un poco deportista (;D). Era mi primer carrera. Unos amigos de mi grupo de la iglesia me animaron a participar. Lo planeamos como con un mes de anticipación y recibimos consejos para entrenarnos adecuadamente. La carrera tenía tres categorías: 5, 10 y 21 kilómetros. Obviamente yo participé en la de 5 kilómetros. 

Para mí era un reto, porque no sabía si iba a tener la resistencia para lograrlo, no conocía el terreno (fue en el Lago de Coatepeque), y sobre todo no quería pasar la vergüenza de quedarme a media carrera. Pero seguimos los consejos de los amigos expertos y el día llegó.

Ustedes no saben el ambiente que se vive con otros cientos de personas que madrugan para ir a correr también. Es contagioso. La adrenalina sube y uno se repite una y otra vez que tiene que lograrlo. A mí me ayudó mucho que de mi grupo, corrimos 5 personas, en las 3 diferentes categorías.

Hicimos el estiramiento previo, y nos colocamos en posición de salida. Éramos como 600 corredores. El disparo sonó y salimos todos al mismo tiempo. La primera mitad de mi categoría fue bastante buena, aunque el terreno irregular me hacía ser bastante precavida para no caerme ni lesionarme. Digamos que esa primera mitad no fue difícil para mí. Mantuve el ritmo, la respiración y no me sentía cansada.

Llegamos a un punto de hidratación y comenzamos la segunda mitad. Considero que el último kilómetro y medio fue el tramo más duro. El terreno tenía algunas partes inclinadas y subirlas fue cansado. Yo veía a mi amiga Ana que iba adelante de mí y eso me animaba a seguir. Hubo algo que me dio las fuerzas que necesitaba, vi a un señor de unos 60 años participando en mi categoría, que tiene problemas en sus piernas y caminaba ayudado con un par de una especie de muletas metálicas. Mientras yo iba de regreso a la meta, él apenas iba en los primeros kilómetros. No saben lo que eso produjo en mí, se me hizo un nudo en la garganta y me animé a seguir sin bajar el ritmo. Además, a lo largo de la carrera habían personas de la organización del evento dándote ánimos o diciéndote que ya faltaba poco, que siguieras.

Cuando nos íbamos acercando a la meta había una banda que tocaba música bien alegre, eso también ayuda, porque uno siente el ambiente de fiesta y sabe que ya está por llegar. Cuando entré al área de meta, sentí un enorme orgullo por haberlo hecho. Si, ya sé que 5 kilómetros es poco, pero para mí era mi primera experiencia y representaba un reto.


Algo que fue lindo para mí, es que había una delegación de personas esperándote en la meta y cuando la cruzabas, te ponían inmediatamente una medalla. Todos la recibimos. Yo pensaba que se la daban sólo a los primeros en llegar, pero no.

Y bueno, no saben cómo celebramos a cada uno de mis amigos que llegaba después de 10 y 21 kilómetros. Hubo fotos, vídeos y hasta nos subimos al podium para sentir que habíamos ganado (se vale soñar!).




Pensando en esa experiencia, realmente recibí varias lecciones. Pero hoy quiero destacar una. Y es cómo es Dios con nosotros cuando enfrentamos pruebas. 

Creo que Él sabe lo que cada uno de nosotros es capaz de resistir, creo que Él sabe el ritmo en el que cada uno de nosotros "corre" en la vida, y tiene el amor y la paciencia suficientes para acompañarnos en el proceso. No presiona, sino que nos anima, nos repite constantemente quién es Él, nos da de Sus fuerzas y nos dice "ya falta poco". Me lo imagino en la "meta", ese lugar en el que una prueba o problema o tentación es superado, gritando para darnos fuerzas, haciéndonos saber que Él nos espera. Hasta me lo imagino ansioso de ponernos esa "medalla": esa bendición, esa recompensa que pensamos no merecer. Pero Él la tiene lista, para dárnosla por haberlo hecho, por haber resistido, por haber confiado en Él en el proceso, por no darnos por vencidos, por triunfar sobre la falta de fe, la soledad, el dolor, o Su silencio.

Me gusta pensar que ya gané varias medallas en el cielo, y sé que seguiré corriendo muchas carreras más, pero no estaré sola, Dios va conmigo respetando mi ritmo, entrenándome para ser más resistente y en la meta me espera con ese montón de medallas que son mi recompensa por haberlo hecho.

No sé que carrera estés corriendo actualmente, pero te animo a no dejarte vencer, a no bajar el ritmo, y aunque te caigas, levantarte para seguir hasta llegar a la meta. No importa cuántos kilómetros te falten, ahí estará tu medalla reservada para ti. ¡Sigue corriendo!

"Yo sé muy bien que todavía no he alcanzado la meta; pero he decidido no fijarme en lo que ya he recorrido, sino que ahora me concentro en lo que me falta por recorrer. Así que sigo adelante, hacia la meta, para llevarme el premio que Dios nos llama a recibir."(Filipenses 3:13-14 TLA)

martes, 1 de octubre de 2013

El Susto de Mi Vida

El domingo anterior, fuimos con varios amigos de mi grupo de la iglesia al Lago de Coatepeque, para participar en una carrera. Ya pronto  les contaré de esa aventura, pero ahora les quiero contar algo que pasó al regreso de Santa Ana.

De los cuatro carros que fuimos a la carrera, dos se regresaron temprano y los que veníamos en los otros dos decidimos ir a tomar café antes de volver a San Salvador. Pasadas las 4:00 p.m. nos despedimos y junto con mis amigos Ana y César fuimos los primeros en salir. En su carro también venían su hija Sofía y Samuel, su sobrino. Los niños y yo veníamos en el asiento trasero. Yo sentada atrás del asiento del co-piloto.

Recuerdo que recosté mi cabeza en el asiento y cerré los ojos, durante varios minutos escuchaba lo que los niños venían diciendo. De repente, sólo recuerdo que escuché un estruendo terrible, y fui lanzada hacia el lado izquierdo, sobre los niños. El carro comenzó a avanzar a gran velocidad y yo sólo sentía que golpeábamos contra algo a cada segundo. El carro saltaba y nosotros también. Mi reacción inmediata fue tratar de proteger a los niños. Recuerdo que extendí mi brazo derecho para cubrirlos y que no se golpearan. Estaba sobre Samuel, tratando de agarrar a Sofi. Pero los tres éramos sacudidos sin parar. Yo nunca pude levantar la cabeza para ver contra qué chocábamos, porque estuve sobre el asiento todo el tiempo.

Algo que nunca voy a olvidar son los gritos de mi amiga Ana. Ella venía dormida, y el primer estruendo la despertó. Sus gritos eran gritos de terror. Todo sucedió como en las películas. Todo se sacude sin parar y nadie puede detenerse. La fuerza con la que el carro va es impresionante y los golpes, crueles.

De repente, después de otro golpe fuerte, el carro finalmente se detuvo. Levanté la cabeza e inmediatamente vi a los niños. Ellos estaban bien, asustados, pero bien. Al sentarme de nuevo, no sé de dónde, pero ya estábamos rodeados de varias personas. Nos abrieron las puertas, nos ayudaron a salir, nos preguntaban una y otra vez si estábamos bien. Recuerdo que un señor corrió a abrir el capó del carro y a cortar  no sé que porque dijo que el carro podía echar chispas y agarrar fuego. Yo tocaba a los niños, los veía a cada rato para asegurarme que estaban bien. Nos abrazamos todos y comenzamos a orar en la calle y le dimos gracias a Dios por cuidarnos.

En ese momento nada me dolía. Otro señor que nos ayudó me dijo que tenía algo en mi ojo derecho, yo ni caso le hice porque en realidad no me dolía nada. Yo estaba desorientada preguntando ¿dónde estamos?. Luego supe que estábamos frente a Unicentro de Lourdes, Colón. Le llamé a mis amigos Nelson y Alejandra, que venían en el otro carro atrás de nosotros y llegaron a auxiliarnos. 



¿Qué pasó? No lo sé con seguridad. La teoría es que se reventó la llanta derecha delantera y eso provocó el accidente. Después, Nelson y mi cuñado Alex trataron de ver en la carretera el recorrido que el carro hizo, calculan que fueron unos doce metros que patinamos en todo el arriate de la carretera llevándonos varios postes delgados de concreto, plantas y arrancamos un árbol de mediano tamaño. Nos detuvimos a solo un par de metros de una parada de buses. 

Luego, fuimos al hospital, nos chequearon y gracias a Dios, los daños no son nada comparados con cómo el carro quedó. Sofi sufrió una pequeña fractura en la clavícula. Ana tiene golpes en varias partes del cuerpo. Yo por ahora tengo inmovilizada mi rodilla derecha y me cosieron la boca por una herida interna. Llevé un golpe fuerte en la cara, pero ya espero que se desinflame con el reposo y las medicinas. Milagrosamente los chicos, César y Samuel no tienen absolutamente nada.

Anoche, me vinieron a visitar mis amigos Nelson y Alejandra. Y cuando conversaba con ellos entendí muchos "pequeños" detalles que Dios tuvo con nosotros y que no permitieron que esto fuese peor. Dice Nelson que por donde nos subimos al arriate, pasamos literalmente a tan solo centímetros de un poste de alumbrado eléctrico. De hecho, ese poste arrancó el espejo retrovisor derecho. Si el carro hubiese impactado con ese poste grandote de concreto, probablemente fuese otro el cuento. Ana hubiese sufrido mayores lesiones, el parabrisas hubiese estallado sobre ella y César, o el golpe nos hubiese regresado a la carretera de nuevo y otros carros nos hubiesen golpeado. Pero no fue así gracias a Dios. 

Algunos amigos que han visto las fotos del carro me dicen que no saben cómo nadie se quebró un hueso, o cómo no nos golpeamos las cabezas o perdimos la consciencia. Yo no puedo responder esas preguntas. Mi respuesta es: Dios es Bueno.

Esa noche al volver a casa después del hospital, estaba tan asustada y nerviosa, que le pedí a mi mami que oráramos dos veces, porque no me bajaba el susto. Pero, antes de dormir, leí mi devocional de esa fecha y me impactó lo que decía:
"¡Bendeciré al Señor a todas horas; mis labios siempre lo alabarán! El hombre justo pasa por muchos males, pero el Señor lo libra de todos ellos. Él le protege todos los huesos; ni uno solo le romperán." (Salmos 34: 1, 19-20 DHH). 
Al leer eso, sentí que Dios me decía: ¿Ves? Estuve ahí con ustedes. No les fallé.


Por ahora, estoy obligadamente descansando en casa. Pero al estar acá he recordado que nada en la vida de un hijo de Dios pasa por casualidad. Sé que TODO nos ayuda para bien. Aunque ahorita no entiendo del todo qué ocurrió. Confío en que hay un propósito Suyo tras todo esto. Y pronto Él en Su misericordia nos lo dejará saber. Mientras tanto, seguiré contándole a todos que mi Dios es Bueno.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Con el corazón triturado...

Un viernes más en el colegio. Alrededor de las 11:30 a.m. entra a mi oficina una maestra para decirme que cierta chica se había salido del aula y al ir a buscarla la encontró sentada en el pasillo llorando. La niña no quería regresar al aula en esas condiciones, por lo que le dije a la maestra que la trajera a mi oficina.

La chica entró, se sentó en el sofá y simplemente con la mirada perdida y la carita triste comenzó a llorar de nuevo. Sin hacer ni un sonido, sólo vi lágrimas caer de su cara. Rápidamente adiviné cuál podía ser el motivo de su estado: sus papás se están divorciando.

Pasaron unos minutos y me sentía tan inútil. No sabía qué hacer, qué decirle, si debía abrazarla o no. Finalmente a cierta distancia le pregunté si me daba permiso de sentarme junto a ella y accedió. Luego, le pregunté si podía abrazarla, me dijo que si. Después de un rato, le consulté si me quería contar qué pasaba. Ella respiró hondo y me dijo: "mis papás ya no están juntos". Le dije que lo sentía mucho, y que imaginaba lo triste que era eso.

Posteriormente comenzó a contarme de una manera increíblemente madura y abierta sobre la situación de sus padres. Habló de lo poco que ahora ve a papá, habló de lo mucho que trabaja mamá, habló de que su hermana al parecer ya no está triste, y que la única triste es ella. No puedo dar detalles acá, sólo les digo que en toda mi vida docente, nunca me había sentido tan impotente ante el dolor de un niño.

Y es en serio, yo tenía ganas de gritarle a los papás y decirles que por más "civilizados" que luzcan, están aplastando la vida de sus hijas, tenía ganas de llevármela a mi casa, tenía ganas de tener una pastilla mágica que la hiciera estar alegre.


Lo único que pude hacer fue leerle esto: "El Señor está cerca de los que tienen el corazón hecho pedazos y han perdido la esperanza." (Salmos 34:18 DHH). Le puse en las palabras más simples cómo Dios estaba con ella y que a pesar de las decisiones de sus papás, Él no se había ido. 

Ella me escuchó y se calmó por un rato. Luego, oramos juntas. Se quedó sentada unos minutos más y ya estaba tranquila. Antes de irse, le dije:

- Recuerde lo que leímos. Dios está cerca de los que....
- ...tenemos el corazón triturado. Completó mi frase poniendo el mensaje en sus propias palabras.

No saben cuánto me dolió lo que dijo, porque sé que esa es la manera en la que ella se siente. ¿Se imaginan? Un corazón triturado. Se supone que un niño no debería de sentirse así. ¿Verdad?

Pero sé que eso que leímos es una promesa de Dios, y sé que ella a sus 8 añitos la está experimentando. Sé que ella tiene más fe que yo y sentirá a Dios más que nunca.

No sé si te has sentido de esa manera. ¿Con el corazón triturado?. Esa promesa también es cierta para tu vida. Él está ahí, contigo. Una de sus especialidades es sacar vida, de lo que ha sido destrozado.


 "El Señor está cerca de los que tienen el corazón hecho pedazos y han perdido la esperanza." (Salmos 34:18 DHH)



viernes, 13 de septiembre de 2013

¡Deja de quejarte!

El fin de semana anterior mi mami comenzó a sentirse un poco mal. Le tomaron la presión arterial y resulta que se le había "disparado". Estaba alta, bastante arriba de los límites normales. Decidimos salirnos de la iglesia e irnos-un día domingo- al grandioso Seguro Social.

A pesar que una doctora amiga nos recomendó con uno de los médicos de turno, nos tocó esperar mucho tiempo. Si ustedes conocen el ISSS, sabrán de lo que les habló. PACIENCIA es una buena palabra para describir lo que desarrollas estando ahí. Y parece que el día domingo todo sucede aún más lento.

Mientras esperábamos que el eficiente equipo de médicos almorzara (todos se fueron al mismo tiempo), les confieso que empecé a quejarme en voz alta, pero sobre todo, dentro de mí. Empecé a quejarme de todo: del pésimo servicio, de que la gente ni te ve a los ojos, de que el seguro privado de mi mami no le cubre los problemas asociados a la hipertensión, que mucho se tardan, etc, etc.



 De pronto, no sé por qué, pero empecé a fijarme en la gente a mi alrededor: Una joven con un evidente problema neurológico que no dejaba de saltar en su silla; un joven con dos ancianitos, cada uno en su silla de ruedas, y él atendiéndolos a los dos; una señora acostada en una camilla a medio pasillo quejándose del dolor, con un suero en su brazo. 

Pero lo que más llamó mi atención fue un señor de unos 50 años, con una camisa tipo polo con rayas blancas y amarillas, que andaba caminando por un rato, se sentaba unos minutos, y luego se asomaba con frecuencia a la puerta de Máxima Urgencia, a tratar de ver qué ocurría adentro desde una pequeña ventanita. Era obvio que algún familiar suyo estaba en esa sala. Ví su cara, la puedo describir como cara de preocupación. Me empecé a preguntar quién estaba ahí adentro, ¿su esposa? ¿un hijo? uno de sus padres?. Créanme que me contagié de su angustia, deseé poder hacer algo por él.

Varios minutos después entendí lo que Dios estaba mostrándome. Mi problema en ese momento no se comparaba con lo que otros estaban pasando. Mi mamá estaba consciente, hablando conmigo, con deseos de comer y su vida no estaba en peligro. Algunas de las personas en el mismo hospital si estaban sufriendo, física y emocionalmente. A mi mamá le dieron una pastilla especial y su presión arterial bajó. Nos fuimos del hospital varias horas después y el señor de la camisa con rayas blancas y amarillas permanecía ahí, en la misma rutina, caminando de un lado a otro, sentándose por ratos y mirando por la ventanita de "la Máxima", como la llaman los empleados del lugar.

Es tan fácil volvernos egocéntricos y pensar sólo en nosotros. Pero de vez en cuando es bueno fijarnos en los demás. Siempre hay alguien con más dificultades que nosotros, siempre hay alguien más necesitado, siempre hay alguien con menos fe y esperanza, siempre hay alguien que ni siquiera sabe cuánto Dios le ama.

Yo pasé esa noche acordándome del señor de la camisa con rayas blancas y amarillas, oré varias veces por su familiar enfermo, y eso me sirvió al mismo tiempo para darle gracias a Dios por la salud de mi mamá. 

Cada vez que tengamos ganas de quejarnos, sería bueno empezar a fijarnos en las pruebas de otros. Les aseguro que es un buen ejercicio para sacudir la queja de nuestras vidas.

"No se quejen" Santiago 5:9 (TLA)



jueves, 5 de septiembre de 2013

"Pancakes de Flor"

El fin de semana anterior mis sobrinos nos visitaron y se quedaron a dormir en mi casa. Mi mamá como buena abuela, se levantó temprano a cocinarnos a todos una buena cantidad de pancakes. Cada pancake que salía de la cacerola era puesto en la mesa para que lo comiéramos calientito. Yo comencé a servirme y para ser honesta no pude evitar notar que no estaban hechos tan perfectos que se diga. Dígamos que mi mami no es una experta haciéndolos (ella me va a matar cuando lea esto!). Pero igual, me los serví.

Después, llegaron a la mesa mis sobrinos, y Daniel de casi 6 años pidió su primer pancake. Él al verlos dijo: "La Abu hizo unos pancakes de flor!!" (se imaginarán que no eran redonditos del todo verdad?). En el momento me puse a reír. Pero al instante vino un pensamiento a mi cabeza: "¿Por qué siempre me tengo que fijar en lo malo y no puedo ver el lado bueno?". Lo que yo había visto como pancakes mal hechos, Daniel lo había visto como una muestra de creatividad de su Abu. Nadie le debatió su idea, él se los comió creyendo que fue intencional que los pancakes fueran hechos en "forma de flor".


Creo que por algo Dios dijo que tuviéramos el corazón de un niño. ¿Se imaginan qué fácil sería la vida si todos viéramos el lado bueno de las cosas malas? ¿Cómo se sentirían los demás si en vez de ver sus fallas viésemos aunque sea algo positivo en lo que hacen? ¿Las personas con las que nos relacionamos a diario esperan de nosotros críticas, regaños o palabras negativas siempre? ¿O saben que les diremos algo positivo aún cuando no han hecho las cosas tan bien? 

Dios es de esa manera también. Aunque conoce mejor que nadie nuestras fallas, estoy segura que siempre ve nuestro potencial y recuerda constantemente nuestros esfuerzos y aspectos positivos.

Aunque los defectos de otros sean tan obvios, detengámonos un poquito y veamos algo bueno de ellos. Seguramente si comenzamos a dar eso a los demás, pronto recibiremos lo mismo. Probemos con la gente más cercana. Pongámonos como meta ver "la flor" escondida tras su desastre. Eso podría hacer una gran diferencia.

"¡Soy el Dios de Israel! ¡Yo soy es el nombre con que me di a conocer! Soy un Dios tierno y bondadoso. No me enojo fácilmente, y mi amor por mi pueblo es muy grande. Mi amor es siempre el mismo, y siempre estoy dispuesto a perdonar a quienes hacen lo malo" Éxodo 34:6-7 (TLA)


miércoles, 28 de agosto de 2013

¿Cómo te llamas?

Hace un par de semanas asistí al concierto de la Orquesta Sinfónica Juvenil. Estuvo precioso. El teatro se llenó y como llegué justo a la hora, me tocó sentarme en primera fila. Unos minutos después vi entrar una pareja de señores mayores que tenían un poco de dificultad para caminar en el lugar a media luz. Inmediatamente reconocí a la pareja. Se trataba de la que fue la Directora del colegio en el que estudié mi educación básica y su esposo, un gran maestro en materia de música en nuestro país. Ellos también se sentaron en la primera fila.

Al terminar el concierto, pensé varias veces si era correcto que yo me acercara a saludar a la "Sra. Rhina". Y me detuve porque concluí que ella de todas maneras no se acordaría de mí. Cuando ya había tomado mis cosas para irme, decidí regresar y sin pensarlo mucho me acerqué a ella.

Mi sorpresa fue que ella al instante que me vio hizo una cara de asombro y me tomó las dos manos. Yo le dije: 

- Sra. Rhina quizá usted no se acuerde de mí, pero yo estudié en su colegio y....

- ¡Maeda!. Me gritó.


Yo me quedé boquiabierta porque no podía creer que ella recordara mi apellido. De inmediato empezó a preguntarme por cada uno de mis hermanos y por mi mamá. Yo rápidamente la puse al día con la vida de todos. Y ella seguía sosteniendo mis manos. 

Me despidió con una gran ternura y me pidió que saludara a toda mi familia.

Al salir de ahí me quedé pensado en la bonita sorpresa que me llevé. Ella realmente SABÍA quién era yo. Me identifió por mi apellido al menos. Considerando que trabajó más de 25 años en el colegio y que conoció a miles de familias, ella se ACORDABA de mí.

Creo que lo mismo pasa con Dios. No importa cuán alejados hayamos estado ni todo lo malo que podamos haber hecho. Quizá a la hora de necesitar su ayuda, dudemos en buscarle porque creemos que no nos va a escuchar o no nos va a ver como Sus hijos. Creo que si bien es cierto sabemos que Él todo lo sabe, dudamos que nos conozca tan íntimamente, sobre todo si hemos estado lejos.

En ocasiones, a pesar que creo que Dios es omnisciente, he pensado que quizá se ha olvidado de aquellas pláticas que un día tuvimos, de los sueños que tengo, de mis peticiones, etc. Pero una y otra vez, Él me ha demostrado que SABE quién soy, con todo lo malo, lo bueno y lo feo. Y se ACUERDA de mí todo el tiempo, aún si la he regado y he vivido épocas de mi vida alejada de Él.

Si has estado dudando en acercarte a Dios por la razón que sea, te animo a no posponerlo más y seguramente te vas a sorprender cuando lo único que encuentres será  una cara de alegría, ternura y sobre todo cuando estés tratando de justificarte o decir algo, te interrumpirá ese grito :"¡Dome!" (pon tu nombre aquí). En ese momento sabrás que el Dueño del Universo te conoce.

"¿Acaso puede una madre olvidar o dejar de amar a su hijo? Y aunque ella lo olvidara,
yo no me olvidaré de ti. Yo te llevo grabado como un tatuaje en mis manos, siempre tengo presentes tus murallas" Isaías 49:15-16